La celebración de la Pascua es indudablemente uno de los eventos más importantes y significativos de la fe cristiana. (Hech 2:42, 46)

En la institución de la Cena del Señor, nuestro Salvador escogió utilizar la copa y el pan como los elementos memoriales de su cuerpo y de su sangre (Lc 22: 19, 20). Por esta razón, en la Santa Cena no sacrificamos a un cordero, ni derramamos sangre. El cordero fue sacrificado por nosotros, en aquella pascua, una vez para siempre, y con ello obtuvo eterna salvación para su pueblo escogido (1 Cor. 5:7; Heb. 10:12-14).

Al igual que el pueblo de Israel celebraba la fiesta de la pascua, nosotros también celebramos con gratitud el sacrificio del Hijo de Dios. La Cena del Señor nos recuerda que ahora vivimos en una nueva etapa en el programa del Reino de Dios. Ahora somos beneficiarios del Nuevo Pacto inaugurado en la cruz (Lc. 22:16, 20).

Además, la cena nos recuerda que nuestra esperanza está en el futuro, en la consumación del Reino de Dios (Lc. 22:16). Al comer el pan y beber la copa, esperamos con plena certidumbre el día en que el Reino de Dios sea establecido por completo. El día en que nuestra redención llegue a su conclusión gloriosa. Ese día la celebraremos una vez más en la presencia inmediata de nuestro Salvador.

Una invitación a recordar activamente:

Hacemos esto en memoria de Él. El cristiano no celebra con recuerdos pasivos sino con actos significativos:

  • Recordamos al Señor, su amor, su misericordia, y su gracia.
  • Recordamos su obra sacrificial por nosotros. Actos que, en el presente, nos trasladan al pasado y al futuro.
  • Comemos el pan y bebemos el vino, y al hacerlo regresamos a aquel viernes donde el perfecto amor de Dios por nosotros se desplegó en la cruz.
  • Al mismo tiempo, al celebrar la pascua saltamos también al domingo, al gozo de la tumba vacía, a la realidad del Cristo resucitado y glorificado.
  • Y de allí somos llevados al futuro, a la consumación del Reino, cuando nos sentaremos con Él y celebraremos su sublime gracia, y adoraremos para siempre a nuestro Rey soberano.

Sin lugar a duda, la celebración de la pascua y de la cena del Señor son eventos trascendentales y esenciales en la práctica de nuestra fe.

CONCLUSIÓN:
El amor de Dios para con nosotros es inagotable e incomparable, al dar su vida por cada uno y librarnos del pecado. Nos da acceso para que podamos disfrutar de su presencia. ¡¡No desmayemos!! el Señor esta presto a escuchar a sus hijos; el cual tiene planes de bien y no de mal. Aunque el mundo este de cabeza, Él pensará en nosotros.

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EL INCOMPARABLE AMOR DE DIOS

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Posted by Templo Cristiano de la Asambleas de Dios on Thursday, April 9, 2020
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